La hija que desprecia a su madre, se rechaza a si misma y a la vida

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Existen personas en nuestra vida que por ningún motivo podemos hacer de lado, estas forman parte de nuestro círculo y nos acompañaran en todo momento estemos o no de acuerdo.

Esas personas que van a estar con nosotros sin importar lo que quiera que hagamos son nuestros padres ya que incluso cuando nuestras acciones no sean del agrado de ellos de igual forma van a terminar aceptándolo de la manera que sea más posible.

Me acuerdo los profesionales de los dos padres aquel que tiende a ser más incondicional es la madre por lo que si una hija siente resentimiento hacia ella se está truncando realmente en todos los objetivos que tiene de la vida

El día de hoy vamos a darle énfasis en la manera en que muchas veces sin querer hacerlo mostramos desprecio a nuestros hijos, lo que conseguimos con esto es truncarles las oportunidades que se le ofrecen y presentarle situación es el día de mañana que reforzarán ese resentimiento o desprestigio que sienten hacia sus padres

La reflexión de la hija que desprecia a su madre

De acuerdo al psicólogo Bert Hellinger las mujeres deben sentir admiración ante sí mismo porque de lo contrario no podrá amar a sus hijos y por ende estos terminarán desprestigiando se y desprestigiando a la madre como tal

Es importante que entendamos que esto es meramente una reflexión acerca del respeto que debemos tener por nosotros mismos como seres humanos, así como también para nuestros representantes en especial en nuestra madre

En esta oportunidad te vamos a facilitar una de las meditaciones de Bert Hellinger más conocidas acerca de este tema:

Cómo mirar a nuestra madre

Pocos entre nosotros han mirado a su madre de cerca. ¿Quién puede decir que ha visto a su madre, realmente visto, así como es? A continuación un ejercicio de cómo aprender a mirarla. Cierra los ojos.

Nuestra madre fue niña una vez, igual que nosotros. Tuvo padres, nacida en una familia determinada, con sus destinos particulares, que a ella la han afectado y formado. A veces, alguien murió demasiado pronto, tal vez la madre o el padre o un hermano. O quizá estuvo alguien muy enfermo y todos se han preocupado. De niña ella también se preocupó y quizás dijo: estoy dispuesta a hacerme cargo de esto para que a otro le vaya mejor. Ya de niña fue acarreada por un destino ajeno.

Así la miramos. Y de repente nos percatamos de lo siguiente: nuestras expectativas o nuestras pretensiones con respecto a ella ignoran por completo lo que su alma ha movido, lo que su alma ha tomado de ella a su servicio para otro propósito. ¡Qué extraño resulta entonces el exigir y desear interiormente, y decirlo también, que ella esté totalmente aquí para nosotros, que no piense en nada más que en nosotros!

¡Qué pobres somos pues en nuestra alma! ¡Qué alejados del amor y de la felicidad!

Lo primero que nos queda por hacer es mirar a nuestra madre cómo a una mujer corriente con una historia, con una larga historia por parte de su familia. Esta historia la ha hecho humana, es decir imperfecta y justamente esta imperfección la hace especialmente bonita y simpática.

El comienzo de la felicidad es poder ver a nuestra madre con su humanidad y quererla tal como es. Entonces prácticamente nada se opone más a la felicidad. Esto es el comienzo de la felicidad que permanece. La madre es la relación divina más grande para nosotros, no tiene la menor importancia como sea ella. Cómo madre es una revelación divina y nosotros nos quedamos frente a ella con devoción.

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